Cuando se piensa en Santa Lucía se asocia con los jueves de trova, sus pintorescas bancas, árboles frondosos y en la banca de los confidentes a escala. Hace muchos años, este sitio hermoso fungió como cementerio de la ciudad hasta 1821 en el atrio de la iglesia. Mérida se fundó en 1542, y lo que ahora conocemos como el Parque de Santa Lucia ubicada en la calle 60 x 55 en el corazón de Mérida, era un gran terreno virgen.

A continuación, te dejamos un fragmento de un artículo del Museo Yucateco, periódico literario y científico que se publicaba mensualmente en San Francisco de Campeche entre 1841 y 1842. El director principal fue el escritor yucateco Justo Sierra O´Reilly.

En una tarde del mes de abril de 1835, acompañado de un amigo bullicioso y ligero, pero de alma ardiente y sensible, me dirigía al tardío y mesurado paso por la plazuela lóbrega y melancólica de Santa Lucía ¡apenas distante tres cuadras a la plaza grande! El triste aspecto de la pequeña ermita, excitó en mí de una manera fuerte, el deseo de visitar su antiguo cementerio. Una especie de involuntario pavor me había acometido cuantas veces por mera curiosidad había pensado penetrar en su fúnebre recinto. Cuando era aún niño de cinco años, alguna vez vi en comitiva enlutada, conducir a Santa Lucía los restos inanimados de una persona querida, que para siempre desapareciera del seno de nuestra familia.

Una puerta misteriosa se abría, era la del costado derecho de la iglesia que conduce al cementerio. El andar acompañado de los hombres que llevaban el féretro, iba gradualmente perdiéndose en el oído de un niño, lo mismo que un joven de proyecto, siente perderse de momento en momento el mágico porvenir que su ardiente imaginación le mostro como realidad. ¡Vanas quimeras de la vida!

Un venerable sacerdote, ministro de un Dios visible en sus obras maravillosas se paseaba lentamente por el atrio, envuelto en su ropaje negro, como si estuviera enlutado por los extravíos de la especie humana. Su grave sonrisa era el anuncio de la paz de su espíritu, sus ojos vivos y centellantes parecían buscar con ansia un ser desgraciado para consolarle: su voz sonora y penetrante semejaba a una trompeta sagrada como la que convocara a los mortales ante el Señor en el día tremendo de los siglos.

El sacerdote nos acogió con benevolencia, y se prestó desde luego a enseñarnos el osario de Santa Lucia. Entramos en la ermita, y al poner en ella los pies, nos pareció que colocábamos entre nosotros y la populosa ciudad de Mérida, un muro impenetrable, el que media entre el tiempo fugaz y caduco, y la eternidad duradera y sin límites, entre la bulliciosa y frívola región de los vivos y lo morada pacífica y solemne de los muertos.

Entramos al antiguo cementerio, sintiendo cierto olor fatídico de caducidad, como el que se percibe al abrir una arca cerrada y abandonada por muchos años. A los primeros pasos tropezamos con los secos y descuadernados esqueletos, que la piedad ha reunido después en un harnero, para impedir su violación sacrílega.  En la testera del frente hay un pequeño templete arruinado, bajo el cual se ve una cruz, signo de nuestra redención. Los arbustos que lo cubren, y la humedad, que se deja ver en las paredes y columnas, le dan una apariencia selvática, como la que ofrecería la vista de la tumba antigua de un guerrero, colocada en la asperidad de una floresta, hoy cubierta enteramente de espesura, y antes descubierto teatro de una batalla famosa.

Las losas de los sepulcros estaban removidas, las inscripciones borradas, y los restos humanos dispersados. Todo el recinto estaba cubierto de árboles y breñas y el de trecho en trecho había uno u otros arbustos de una flor amarilla y triste, como el sitio en que nacía.

La curiosidad importuna de algunas personas, había derribado las losas que los cubrían, para contemplar los esqueletos de las personas sepultadas; y como si su espíritu vandálico no hubiese quedado satisfecho, habían arrastrado los féretros, y arrojado al suelo las venerables cenizas de nuestros semejantes, que dormían tranquilos el sueño del Señor.

La campana gorda de la catedral sonó las oraciones, a que correspondieron todas las iglesias. Salimos de prisa, dando las gracias al buen sacerdote que nos había acompañado, y favoreciendo con saludables consejos cristianos, alusivos a la muerte y a las miserias de la vida. El corazón estaba oprimido y fuertemente impresionado por lúgubres objetos que en ese momento acabamos de contemplar.