En la época colonial, las calles de la ciudad blanca no estaban numeradas como están hoy en día, para llegar a una dirección en específico se usaba como referencia la nomenclatura de las calles como te hemos presentado en los artículos de las “Esquinas de Mérida”. El pueblo mágico de Izamal, tiene sus propias esquinas y éstas también tienen su historia, te diremos el motivo de su nombre en esta cuarta parte.

– La Calle del Arco –

Sobre la calle 31 donde está la Plaza Principal que es el principio del tramo que se dirige a los pueblos de Tunkás, Cenotillo y Tixkokob, se puede apreciar un arco de mampostería que probablemente se construyó después del Convento Franciscano y perteneciente a dicha construcción católica. En su parte superior se aprecia un nicho conformado de 3 triángulos o lanzas, cabe la posibilidad que ahí se resguardaba a una imagen actualmente inexistente.

Con base en la leyenda, narra que en el año de 1557, en plena edificación del convento franciscano que inició en 1553 y culminó en 1561 con un anexo del templo, Fray Diego de Landa, el Padre Guardián, emprendió viaje rumbo a Guatemala con la misión de traer a una virgen porque en el pueblo habían muchas personas que se imaginaban cosas. De Landa no trajo una, sino dos vírgenes idénticas bajo el encargo de los Misioneros de San Francisco de Mérida, una se quedó en Mérida y la otra se trasladó a Izamal.

Unos españoles que estaban en la villa de Valladolid, se enteraron de la Virgen que fue traída a Izamal. Sabiendo de la belleza que poseía la Virgen, le comentaron al Obispo que Izamal, un poblado de indios, no merecían tener a una figura tan hermosa. Le solicitaron que ésta fuera trasladada al Convento de Sisal en Valladolid, porque era un lugar considerado meramente española y por ese motivo, eran dignos de tener a la Virgen. Fue tanta la insistencia y peticiones al Obispo que un día, un en el camino de Mérida, entraron 20 españoles montando sus caballos, caracoleaban a sus bellos animales enjaezados como si se tratase de una fiesta, detrás de ellos caminaban un grupo de indios. Cuando llegaron en la entrada del convento, ingresaron de manera ordenada. El grupo estaba encabezado por Don Juan Manuel de Santillana, un ex soldado que se distinguió en la conquista por su famoso carácter obstinado que todo lo que comenzaba, lo realizaba en feliz término, razón por la cual tal vez comandaba a la cabalgata para que no fallase en su misión.

Al poco tiempo de que el grupo subió al convento, las campanas comenzaron a tocarse, anunciando a la población que se iba a llevar a cabo un asunto de vital importancia. Izamal habitado por una gran mayoría de indígenas, no tardaron en reunirse en el templo, sin embargo, éste era insuficiente para albergar a la conglomeración que se presentó, al grado de que muchos permanecieron en el atrio y en la plaza principal. Fray Diego les informó a los lugareños que la comitiva que había arribado a Izamal, tenían una orden firmada por el Obispo para que la Virgen se trasladase a Valladolid.

La multitud quedó enmudecida y dolida ante tal noticia, las protestas no se hicieron esperar impidiendo que la Virgen les fuera arrebatada. El Padre Guardián les trató de explicar que no se podía hacer nada al ser orden del Señor Obispo, les dijo que respetaran la voluntad divina.

Don Juan Manuel de Santillana mandó a colocar la imagen en una caja reforzada de madera para protegerla, aprovechando las palabras del fraile dirigida a los izamaleños, solicitó que la caja fuera cargada por 40 indios traídos de Valladolid, los 20 españoles montaron sus caballos y los rodearon para escoltarlos y emprendieron su viaje desde la rampa norte del convento, donde hoy en día está la calle del arco. Mientras tanto, algunos los nativos que abarrotaron la plaza oraban, otros lamentaban lo acontecido y le daban el último adiós a la Virgen. Desde la parte superior de la rampa, el Padre Guardián alzó su voz y expresó:

“No lloréis, prosternaos y que se haga la voluntad divina”.

Un murmullo que fue cada vez en crescendo, se escuchó por la amplia plaza: “No nos abandonéis, Virgen Santísima”.

Se trataba de la petición de todos los asistentes que rogaban que no se llevaran a la Virgen.

El grupo que salía por el lado oriente de la Plaza, mientras que el Padre Guardián y la gente suplicaban de que no les arrebataran a la Virgen. Cuando los españoles salieron, precisamente donde estaba el Arco, las piernas de los 40 indios se doblaron, como si el peso que cargaban les hubiera afectado de momento a otro, se vieron obligados a sentarse en el suelo. Don Manuel se les acercó y les dio la orden que continuaran caminando, no obstante, por más esfuerzo que realizaron los oriundos de Valladolid, no pudieron levantarse.

Fray Diego de Landa y las personas seguían gritando lo mismo. Don Juan Manuel con su temple de soldado, se dirigió a sus compatriotas y exclamó:

“Venid compañeros, que lo que no pueden levantar 40 indios, lo levantarán 20 españoles”.

Inmediatamente, se bajaron de sus caballos, intentaron levantar la caja, pero no pudieron a pesar de sus esfuerzos, era como si la Virgen estuviera empotrada en el suelo. El pueblo al ver lo que pasaba, gritaron de felicidad y decían:

“¡Milagro, milagro! Nuestra Virgen no quiere irse de nosotros”

Con el rostro pálido y temeroso, Don Juan Manuel se acercó al Padre Guardián que no dejaba de repetir su ruego hacia la aglomeración. Se postró de rodillas ante él y dijo:

“Padre Guardián, desistimos de nuestro empeño, respetaremos la voluntad divina”

Los gritos ahora inundaban la plaza, fueron a recoger la estatua de la Virgen y con toda facilidad, la levantaron sin ningún problema y la regresaron al convento, dejando entrever que la Virgen quería quedarse en Izamal. Al día siguiente y por petición del Padre Guardián y la comunidad de Izamal, se comenzaron las labores constructivas de un Arco que simbolizaba el milagro. En tan solo 3 días, finalizaron en construir dicho Arco en el mismo sitio donde los indígenas cayeron. Actualmente, el arco sigue existiendo y es la prueba viviente de aquel día milagroso en Izamal.

Fuente: Izamal Pueblo Mágico