Las esquinas de la Ciudad Blanca tienen historia y una gran característica que tienen, es por ser conocidas mundialmente desde la época colonial. Hasta la fecha, algunas esquinas existen, se les daba un nombre en particular por algún suceso que haya pasado o por haberse encontrado un objeto. En esta undécima parte te traemos otra lista, pero ahora sobre las leyendas de las calles Mérida y te explicaremos el porqué de su respectivo nombre.

– El Matadero Viejo (Calle 66 x 67 Centro) –

La historia de esta esquina se trata de un romance del siglo XVIII.  Un par de jóvenes se enamoraron locamente, para su mala suerte, el padre de la chica no aprobaba la relación por que no bajaba al enamorado de ser un pobre diablo, así que decidió enviar a su hija en contra de su voluntad al convento de monjas (calle 64 x 63). El tipo no sabía a donde habían enviado a su enamorada, la buscó desesperadamente por un tiempo hasta que se resignó. Por ya no tener ninguna esperanza de encontrarla, se convirtió en cura para olvidarla o por lo menos intentarlo. El seminario lo envió a la Iglesia de la Ermita de San Sebastián, ya siendo párroco del barrio, en las noches se torturaba con un látigo y pedía clemencia a Dios para sacar a la mujer de su mente.

Cuando el confesor de Monjas fallece, lo enviaron al convento para que ocupara la vacante. Un día entró una monja a confesarse, su enamorada, el fraile reconoció su voz y ambos se sorprendieron de volverse a encontrar luego de mucho tiempo y el amor que tenían renació de entre las cenizas, aunque ahora su amorío era impuro. Idearon un plan para escapar lejos de todos y poder consumar su relación amorosa. El padre se dirigió a San Sebastián para buscar un caballo, mientras que la mujer la esperaba en monjas para huir junto con él. Una vez que llegó el joven domando al equino, la monja se dispuso a bajar por el muro del convento con la ayuda de una escalera, cuando descendía perdió el equilibrio y cayó, el impacto fue tan fuerte que la fémina se desnucó y su cráneo se fracturó al golpearse sobre el filo de una piedra. El padre no podía creer lo que había presenciado, el miedo le invadió sus entrañas y escapó en dirección a la calle 66 (que en aquel entonces aun no estaban enumeradas las calles) rumbo al matadero. En ese momento, varias reses estaban conglomeradas, el caballo al ver muchos bovinos se asustó y los ganados también, por lo que una estampida embistió al hombre y al animal, el joven se golpeó contra una roca dejando expuesto sus sesos.

Al día siguiente, las personas encontraron los cadáveres, nadie buscaba una explicación lógica de las muertes. Para que las almas de los jóvenes descansaran en paz, ese mismo día colocaron una cruz de madera en el callejón del convento. Según la leyenda, una sombra sale de la Iglesia de San Sebastián lamentándose y pidiendo perdón, dirigiéndose al matadero viejo y al lugar donde falleció la monja, para finalmente ir a la cruz.

– La Veleta (Calle 65 x 66) –

De acuerdo con versiones de la gente, en esta esquina existió una estructura para extraer agua de los pozos, aunque otra versión menciona que en la zona vivió una muchacha interesada llamada Hipólita.

– El Degollado (Calle 60 x 67) –

La historia se esta esquina tiene un nexo con la de la veleta por ser testigos de un acontecimiento trágico de un desamor. La leyenda recogida por Eduardo Aznar, dice que durante los siglos XVIII y XIV, un criollo barbero de nombre Lucas de Pinzón tenía su establecimiento en estos cruzamientos. Pretendía a la chica Hipólita quien vivía en la calle 65 x 67, junto con su mamá doña Susana a quien visitaba luego de trabajar y le daba aviso de que había llegado con un chiflido peculiar. A su hija la apodaban “la veleta” por su reputación que se había ganado a pulso. Un domingo en la mañana, Susana y Polita asistieron a un evento en el atrio del convento de monjas. Casualmente, el gobernador de Yucatán de aquel entonces, el general y capitán Salvador Alvarado, asistió a la celebración religiosa. Gozaba de mucha fama por ser mujeriego, cuando vio a la chica, inmediatamente se le declaró a pesar de que le triplicaba la edad. La señora vio con buenos ojos esto, ya que no contaban con muchos recursos económicos. Por otra parte, un día Lucas llegó chiflando a la casita como siempre, sin embargo, no obtuvo respuesta de la muchachita, la madre le dijo que la dejara en paz porque su retoña ya tenía un nuevo galán. El fígaro resignado, se retiró no sin antes esconderse entre los almendros para saber quién era su contrincante y vio llegar al mandatario.

El barbero le reclamó al general, consiguiendo que lo encerraran una noche en una celda. Lo liberaron en la mañana, Pinzón despechado y no correspondido por la chica, ahogó sus penas en alcohol de varias cantinas, cuando llegó a su vivienda tomó la decisión de acabar con su vida, degollándose con un cuchillo filoso de afeitar. Su chalán llegó al negocio para trabajar, se sorprendió que su jefe no había abierto la barbería porque era madrugador. Tocó varias veces la puerta hasta que vio salir un charco rojo, comprobando que el líquido era sangre. Sorprendido, dio aviso a la policía quienes con un par de mazos derrumbaron el portón y se encontraron al cuerpo en uno de los asientos de su comercio, con el cuello cercenado y el piso inundado de un charco de sangre.

Don Salvador al cabo de un tiempo se separó de Polita, la ambición de la jovencita le costó caro porque el gobernador puso su mirada en otra mujer. Madre e hija quedaron aún más pobres de lo que ya eran, como consecuencia perdieron clientes por que doña Susana bordaba y costuraba, los vecinos la veían con malos ojos por el trágico final del barbero. Por este motivo, la esquina donde vivían se le nombró “La Veleta” y a la de Pinzón, “El Degollado”.

  • Segunda versión

Existe otra anécdota que data en la época del porfiriato a finales del siglo XIX. En esta esquina vivió Bernardo Briceño, cura de la Iglesia de San Juan. El padre tenía 70 años, de temperamento fuerte y conocido por ser poco sociable, además de que no tenía respeto por los perros y gatos, su único compañero era un ave. Su vecina Doña Rosita le limpiaba su hogar y le preparaba sus alimentos que dejaba todos los días en la mesa del comedor. Por la manera de ser de Bernardo, tuvo un altercado con uno de sus vecinos, Don Anselmo, un panadero que en su haber poseía muchos gatos para asustar a los ratones de su negocio porque mordisqueaban los sacos de azúcar y harina. Uno que otro felino ingresaba al hogar del hombre amargado y devoraban su comida. En una ocasión, un gato que se llamaba “Pudín”, vio al pájaro en la jaula, casi se lo come, pero doña Rosita salvó al canario. Este gatito en particular era el más astuto e invasor, siempre merodeaba la casa del párroco, hacía de las suyas comiendo la comida de Bernardo.

Luego de una misa dominical en San Juan, Briceño se dirigió a su vivienda para almorzar lo que Rosita le había cocinado. Al llegar, se encontró con Pudín engullendo su vianda, provocando su furia y con la intención de eliminar al gato. Éste se espantó y se fue corriendo a uno de los cuartos, el padre cerró la puerta para que no escapara Pudín, ya estaba por darle un golpe y el gato sentirse en peligro, le saltó encima y lo rasguñó en la yugular. La herida fue tan profunda que inmediatamente el hombre empezó a perder sangre al grado de desmayarse. El lunes a primera hora, Rosita llegó al domicilio para hacer su trabajo de siempre y observó la terrorífica escena, el cuerpo de Bernardo estaba bajo un charco de sangre y Pudín lamiéndole el pescuezo.