El barrio de San Sebastián está ubicado en la calle 70 x 75 del centro, es uno de los más antiguos y de mayor tradición en Mérida. En la época colonial se encontraba en cierto abandono y por estar a espaldas de la ciudad, desarrolló un carácter distinto a los demás barrios. Su historia se remonta a los tiempos de Don Francisco de Montejo y León, “El Adelantado”. Reservó este sitio a sus compatriotas españoles para que construyeran sus casas solariegas.

Al igual que los otros barrios históricos, se edificó el templo con una plazuela adjunta para que se celebrarán las festividades religiosas. En 1878 la plaza recibió el nombre de Zaragoza. Hasta 1902 fue trazado el primer parque y remozado en 1907. La fuente que está actualmente la dispuso el Ayuntamiento en 1917. Es muy común escuchar que el “nacimiento” del panucho, platillo típico de la gastronomía de Yucatán, fue en este barrio.

Su iglesia se asentó desde tiempos antiguos en el suroeste de Mérida en un pequeño pueblo maya que más tarde se le nombró San Sebastián. Se cree que por este lugar pasó las tropas de Montejo cuando llegó a T´Ho. Originalmente tenía una pequeña ermita reconstruida de mampostería en 1796 por el regidor del Ayuntamiento de la ciudad, Juan Esteban Quijano, hermano del cura D. Tadeo, ambos implicados en el asesinato del gobernador Lucas de Gálvez, pero absueltos al demostrarse su inocencia.

El presbítero Irineo Muñoz construyó la capilla en 1873, que da cuerpo al templo principal. A principios del siglo XX se amplió y fue reformado en la fachada y en los interiores, cuyas cornisas, pilatras, y columnas se adaptaron al estilo jónico, y dórico en las naves y presbiterio. Tuvo la categoría de parroquia en 1889. Posteriormente se le agregó una torre en la fachada con un elevado campanario cuyo remate se mandó a construir en 1941, y una década después se rodeó el atrio con pretil y rejas. El Lic. Bolio Ávila, inspirado en el parque del barrio, escribió el siguiente soneto en 1928:

Religioso jardín de Monasterio
santificado de áureas floracionales
que tiene en sus fulgentes callejones
un paisaje estival de cementerio.

Ráfagas encendidas de misterio
hienden el aire azul con vibraciones
de esquilas que salmodian oraciones
desde las torres de su cautiverio.

Hay sagrados perfumes de leyenda
que mistifican su quietud ambigua
como en la vasta nave de un santuario.

Y en la paz religiosa de su senda
una anciana que pasa se santigua
con la cruz de marfil de su rosario.

La Ermita de Santa Isabel se encuentra en la calle 66 sur de Mérida. Se desconoce su fecha exacta de su fundación, pero data desde el siglo XVII, construida por Gaspar González de Ledezma con la convicción de que construir un templo era más valioso que la devoción de algún santo, con la idea de “ganarse la entrada al cielo”. Se le nombró así a la iglesia en homenaje a la madre de San Juan Bautista.

Sobre la puerta mayor está grabada la leyenda “A devoción del yll.mo (verbum Caro Facto Est)” en el bajorrelieve en piedra dura fechada en 1748. Antiguamente fue llamada como a “La Ermita de Nuestra Señora del Buen Viaje”, posiblemente por la ubicación cercana del camino real a Campeche. Las diligencias se detenían momentáneamente para pedirle a la Virgen de la iglesia protección durante las largas travesías. El gran atractivo de la Ermita es su kiosco.

A diferencia de los barrios de Santiago y Santa Ana, en la Ermita todavía vive la gente local en las casas habitacionales. Todavía funciona uno que otro comercio, no pasó como en San Juan que prácticamente se quedó sin vecinos con el paso del tiempo.

El parque, iglesia y arco de San Juan en el extremo norte y la Ermita de Santa Isabel en el sur, los convierten en una entidad urbanística con auténticos atractivos para los turistas extranjeros por las características coloniales.

El barrio de San Sebastián y la Ermita de Santa Isabel han estado siempre dentro del perímetro físico, social y humano.