A 40 minutos aproximadamente de distancia de la capital yucateca y a la altura del kilómetro 24 de la carretera que lleva a Valladolid, hay una desviación de 4 kilómetros y medio rumbo al norte que evoca a un sacbé (camino blanco) rodeado de maleza frondosa. Al llegar al final de esta vereda, apreciarás en la entrada una campana pequeña para avisar al encargado en turno que has llegado a la Hacienda Katanchel, una de las tantas construcciones históricas que fueron testigos del auge henequenero que se vivió durante el siglo XX en territorio yucateco.

Siendo comisaría de Tixkokob, “Katanchel” traducido al español significa “donde se pregunta al arco del cielo” al derivarse de los vocablos mayas k´áat(preguntar), ka´an(cielo) y chéel (arco).

Esta finca de 300 hectáreas y colindantes con 10,000 hectáreas ejidales, originalmente era una hacienda ganadera y equina que fue construida en el siglo XVII encima de los terrenos de un antiguo asentamiento maya. De hecho, los dueños hallaron ruinas preclásicas que supuestamente, el antiguo sitio arqueológico funcionaba como un observatorio astronómico que data del siglo III. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XIX cambió su giro al comenzar a producir henequén.

 A mediados del siglo XX, Érick Rubio Ancona era su propietario, al igual que era dueño de la Hacienda San Antonio Cucul. Cuando el negocio del agave tuvo su declive, lo mismo le pasó a Katanchel tras quedar abandonados sus 60 edificaciones y ser consumidas por la maleza.

A finales de la década de los noventa, fue comprada por el matrimonio español-veracruzano conformado por el Arq. Aníbal González Torres y la Sra. Mónica Hernández Ramírez, considerados promotores del ecoturismo y de la reforestación.

Retrocediendo en el tiempo, a finales de la década de los años sesenta, Don Aníbal vivía y trabajaba en la Ciudad de México donde diseñó, construyó y participó varios proyectos. En 1978 abrió su estudio de arquitectura industrial y diseño de interiores. En 1986 contrajo nupcias con Mónica Hernández, quienes posteriormente se mudarían a Mérida y más tarde comprarían el inmueble que estaba en deplorables condiciones. La pareja la restauró y remodeló, Aníbal se encargó del diseño y de la arquitectura, mientras que su esposa hizo lo propio, pero con los hermosos jardines que hoy puedes apreciar, convirtiéndola en una reserva natural y resort. La prensa internacional mencionó que el concepto revolucionario de su diseño y hospitalidad la convirtieron en un lugar a conocer.

En cuanto a su arquitectura, la casa principal habilitada como estancia y con mobiliario antiguo que recuerdan a las casonas construidas en el siglo XIX, fue edificada bajo el estilo colonial que cuenta con 2 hileras y 3 arcos, sostenida por columnas dóricas donde se puede ver una escalera amplia que lleva a los porches frontales. La Capilla preserva sus pisos originales del siglo XVII, por su parte la Casa de Máquinas se convirtió en un restaurante y la antigua tienda de raya se habilitó como oficina administrativa. Adicionalmente, el comedor que recibe comensales exhibe varias fotografías enmarcadas del siglo XVII.

El color rojo con bordes blanquecinos en los arcos predomina en sus construcciones que resaltan su majestuosidad. Todos sus edificios se conectan entre sí mediante caminos blancos limitados con piedras en los bordes que rememoran a los sacbés. Uno de ellos se convirtió en un laboratorio donde los residentes provenientes de comunidades cercanas a la hacienda asistan a seminarios para aprender y recibir capacitación de conservación acerca de la fauna y flora yucateca, al mismo tiempo que estudian sobre la reforestación del sitio.

Hoy en día, sus 40 habitaciones conocidos como pabellones alojan a turistas nacionales e internacionales en su travesía por Yucatán. Además, tienen una piscina donde los huéspedes pueden relajarse y refrescarse. En la actualidad, en sus instalaciones se pueden realizar reuniones sociales y en la Capilla se llevan a cabo bodas.