Los mayas desarrollaron un sistema complejo de escritura integrado por símbolos, glifos y dibujos que pueden apreciarse en los códices, documentos sumamente importantes que contienen información valiosa sobre la astrología, el papel de los dioses mayas en las tribus, sus distintas representaciones, sin olvidar mencionar al Popol Vuh que narra como las deidades crearon a la humanidad, las actividades que desempeñaban y demás relatos mayas como la de Hunahpú e Ixbalanqué quienes vencieron a las deidades en el juego de pelota (Pok ta pok).

Todos esos conocimientos fueron impregnados en pergaminos que hasta la fechan se conservan en distintos museos, los cuales han sido objetos de estudios por diversos mayistas desde su descubrimiento para descifrar su contenido y entender la idiosincrasia de la antigua civilización maya como la astronomía, agricultura, creencias, ritos, profecías, entre otros.

En aquellos tiempos, los mayas concibieron un tipo de papel creado de las cortezas de los árboles llamados “huun” a principios del siglo V. Además, utilizaron otras cortezas provenientes del matapalo, ficus omorus o higo salvaje, mejor conocido como amate que les permitieron producir los primeros lienzos de papel de amate.

De hecho, se comenta que el papel que inventaron los mayas contaba con una mayor durabilidad, textura y plasticidad a la de los papiros egipcios.

El papel amate se producía como ya se mencionó de las cortezas del árbol silvestre del mismo nombre al remojar dichas cortezas en agua caliente con cenizas y cal con el propósito de obtener un material moldeable y blanco. Posteriormente se retiraba los excesos de grumos y se golpeaba encima de una superficie lisa que permitía la obtención de fibras y tiras de papel largas.

Después, para evitar que las tiras se pegaran entre sí, se enjabonaban las tiras, las doblaban a manera de pliegos y golpeaban con rocas para formar el papel que dejaban que se secaran por varios días bajo el sol. Cuando terminaba el secado, las láminas se desprendían fácilmente.

Una vez obtenidas las láminas, los artesanos recurrían a minerales y vegetales para crear las tintas que servirían para pintar los papeles. Incluso en las paredes y zonas arqueológicas de Yucatán se han encontrado dibujos y huellas de manos que probablemente fueron impregnadas a partir de las pinturas que hacían.

Al momento de escribir y dibujar en los papeles, los sacerdotes quienes eran los únicos que podían realizar esas actividades utilizaban huesos y arcilla para impregnar sus conocimientos en los pergaminos.

Los códices contaban con una gran importancia en las tribus mayas por contener información privilegiada, aunque en los ojos de los españoles, en especial de Fray Diego de Landa pensaban que dichos documentos eran obra del diablo.

Ante el rechazo de los mayas de abandonar su ideología y adoptar el catolicismo, Diego de Landa mandó a incinerar artefactos y códices mayas el 12 de julio de 1562, acontecimiento conocido como “El auto de fe de Maní” que ocurrió en la plaza del Convento de San Miguel de Arcángel.

Tras ser enjuiciado en su país de origen por los métodos rigurosos de conversión y ser declarado inocente, se arrepintió de lo que hizo y con el fin de enmendar la incineración de pergaminos históricos, recopiló toda la información posible acerca de las creencias de los mayas, dando como resultado su libro “Relación de las Cosas de Yucatán” que se trata de un resumen a grandes rasgos de la cultura maya. Incluso en un apartado se aprecia el alfabeto maya.

Esta obra ha sido clave para que numerosos estudiosos y mayistas pudieran comprender mejor la vida de los mayas, especialmente en el calendario y sistema numérico.

En la actualidad, todavía existen algunos códices mayas que están resguardados en los museos y bibliotecas de Alemania, París, Madrid, y México, siendo el de nuestro país el único que no está expuesto al público.