Las esquinas de la Ciudad Blanca tienen historia y una gran característica que tienen, es por ser conocidas mundialmente desde la época colonial. Hasta la fecha, algunas esquinas existen, se le daba un nombre en particular por algún suceso que haya pasado o por haberse encontrado un objeto. En esta quinta parte, te traemos otra lista y te explicaremos el porqué de su respectivo nombre.

  •  El toro agachado (Calle 61 x 74 Centro)

Antes de entrar al meollo del asunto, primero un poco de historia. Don Francisco de Paula y Toro fue gobernador de Yucatán en 1834 y de 1835 a 1837, cuñado de Antonio López de Santa Anna, Presidente de México en aquel entonces, impulsó su carrera política en la Península de Yucatán por estar casado con su hermana Mercedes y fue él quien lo puso al mando de la entidad yucateca. La esquina se ubica en el barrio de Santiago, bautizada como el toro agachado por que el gobernante después de un abundante banquete que le sirvieron en el ex convento de las Monjas, le dieron ganas de ir al baño mientras viajaba en su carruaje. Pensando que nadie lo vería, se bajó y se dispuso a realizar sus necesidades fisiológicas, pero para su mala suerte los vecinos lo vieron en pleno acto. El suceso corrió como pólvora entre la gente y se empezó a conocer al lugar así porque decían: “Aquí se agachó el general Toro”.

Existe otra versión de esta esquina escrita en la novela “La Tragedia de Isabel” de Don Felipe Escalante Ruz y narra que en el rumbo había un sujeto conocido como Xtocoy-solar y apodado como “El Toro”, quien se agachaba junto a una albarrada a espiar la salida del patio de su novia, sin embargo, los padres no aceptaban al hombre como futuro yerno, de ahí el nombre de la calle.

 

  • El zopilote (Calle 65 x 70)

Esta esquina alberga una historia de terror en la que un ex marino español arribó a tierras yucatecas con una exótica ave de rapiña. El relato considerado más fantástica que verídica, dice que en 1696 el malhumorado ex corregidor de indios y capitán de guerra Don Rodrigo de Zieza y Soberón se negó a ayudar a un moribundo que agonizaba en la esquina de enfrente de su casa en la calle 65 x 70, falleció “herido por un rayo” cuando se disponía a entrar a su vivienda pasó encima un zopilote que estaba posado sobre el cuerpo del desconocido recién muerto. El ave de rapiña tocó su frente con una de sus alas y el corregidor cayó fulminado.

Los vecinos se enteraron que la persona que estaba tirada en la calle había sido un hombre con alto poder adquisitivo, aunque quedó pobre cuando don Rodrigo lo había despojado de sus propiedades aprovechando su puesto de corregidor. Según la leyenda, el espíritu de la persona entró en el zopilote y cobró justicia por lo que le había hecho Zieza Soberón, arrebatándole la vida.

Como la esquina del toro agachado, el zopilote posee con otra versión. Viejas narraciones señalan que cuando las tierras todavía estaban bajo el yugo español, en la calle mencionada vivía Don Iñigo de Arzate Pantoja y Peñaloza, nativo de Andalucía y ex marino y ex militar, poseía un espíritu aventurero y había recorrido los 7 mares. De acuerdo con los vecinos, don Íñigo de 50 años siempre vestía de negro, tenía un semblante poco agradable, encorvado, de nariz aguileña, mirada penetrante y barbudo. Era un individuo solitario, sin familia y se le podía ver en las noches bajo la penumbra de las calles coloniales de Mérida.

Las pocas personas que tuvieron la dicha de conversar con él, Íñigo les narraba sus aventuras en las Islas del Pacífico y en Sudamérica. Contaba que había matado con sus propias manos a muchos indios rebeldes, luego de retirarse de la Marina de Guerra, se dedicó al comercio de especias en los mares del Pacífico. Entre sus tantos viajes a las Islas de la Polinesia y en el archipiélago de las Filipinas, su embarcación quedó varada tras un tifón frente a Nueva Guinea donde tuvo que pasar 2 años para reconstruir su buque. Durante su estancia, practicó la antropofagia ya que convivía con caníbales y temía que, si no comía carne humana, corría el riesgo de ser devorado por los salvajes papúes. Un día, un brujo inca le regaló un polluelo de un cóndor, pero le dijo que sólo se alimentaba de carne humana, se llevaba al ave en sus viajes y le daba de comer los restos de los indios incas.

Residiendo en Mérida, su apetito antropofágico no cesó y junto con su mascota que ya medía 4 metros, era capaz de levantar a una vaquilla o hasta a un ser humano de poco peso. Empezaron a desaparecer niños que jugaban en la calle hasta tarde cuando el sol se ocultaba, ante la incertidumbre de los padres al escuchar un aleteo y no buscar ni sus cuerpos, un valiente espió la casa de Íñigo y vio como el ave comía lo que parecía una extremidad pequeña. La autoridad incrédula con la historia, hicieron caso omiso, aunque Íñigo se enteró de esto, una noche de noviembre bajo una llovizna, abordó un carruaje llevando consigo el cóndor y desaparecieron del rumbo. Los vecinos derrumbaron la puerta de su casa, revisaron los pasillos, cuartos, bodegas hasta llegar al sótano, pero no encontraron rastro alguno de los niños desaparecidos. Las autoridades expropiaron el inmueble, lo derribaron para construir otro edificio y en las labores fue cuando hallaron huesos enterrados en el patio. A partir de ese entonces nació la terrorífica leyenda de la esquina del zopilote.