De acuerdo con las creencias mayas, los cenotes eran la entrada al inframundo conocido como Xibalbá, y eran protegidos por una serpiente mitológica llamada Tzukán. Quien se atreviera a saquear las riquezas de estos sitios, la víbora se encargaba de arrebatarles sus vidas.

De acuerdo con muchas investigaciones, los mayas consideraban a los grutas y cenotes como sitios sagrados y por eso realizaban sus rituales en ellas. En estos lugares habita una víbora de grandes proporciones, los antiguos creían que no se debía ir solo a nadar cuando estuviera anocheciendo porque podía atraparlos y desaparecerlos en el agua. Hay cientos de historias de personas afirmando haberse encontrado con Tzukán y sobrevivir a este monstruo a pesar de que no haya pruebas contundentes sobre su existencia, la leyenda ha pasado de generación a generación.

Se dice que su cabeza tiene proporciones como de la de un caballo y su cuerpo se puede confundir con un tronco, motivo por la cual gente se ha sentado pensando que es un pedazo de madera, llevándose la sorpresa de que es una culebra. Algunos optan por escapar por el intimidante tamaño de Tzukán, aparte se cree que quien intente matarla sufren de una parálisis permanente o temporal en las piernas o inclusive, la muerte. Cazadores comentan que han logrado acabar con el guardián de los cenotes, aunque siempre aparece otra. Todos los cenotes de Yucatán están conectados bajo la tierra, razón por la que está en todas las grutas vigilando que nadie invada estas zonas.

  • ¿Cuál es el origen de este místico ser?

Cuando la civilización maya estaba sufriendo por una sequía hace muchos siglos, se le suplicó al dios de la lluvia, Chaac, que les proveyera de agua para las comunidades. La deidad montó a un animal con alas en busca del líquido vital en los cenotes, sin embargo, todos estaban secos. Cansado de la búsqueda, decidió tomar un descanso y se sentó en un tronco que de momento se movió. Chaac y el animal se asustaron cuando se percataron que ese pedazo de árbol era una serpiente gigantesca. El reptil de un bocado engulló a la bestia alada del dios, la deidad montó al reptil para azotarla con su látigo.

Chaac le dijo que, por haberse comido a su animal, ahora iba a ser de su propiedad. Enfurecida, la serpiente le contestó que quien era para azotarla, la respuesta de Chaac fue que era el dios de la lluvia y que la iba a montar para traer agua del mar, porque pensaba que la culebra se había bebido todo. Esto provocó más la ira del ofidio, se retorcía de manera violenta, a los lados de su cuerpo comenzaron a brotar un par de alas y voló inmediatamente contra su voluntad. Cuando llegaron al océano, Chaac llenó muchos recipientes con agua, mientras que la víbora no podía creer lo que veía, ya que nunca había visto el mar. Le comentó a Chaac que no quería regresar a las grutas, deseaba quedarse en aquel lugar porque podía ir a donde quisiera. El dios le replicó que debía primero cumplir su nueva obligación, ser la protectora de las cuevas y cenotes para que siempre tengan agua. Cuando llegara a la vejez, le permitiría regresar al mar, cosa que nunca pasó por que la deidad la engañó porque siempre iba a rejuvenecer. Ya de regreso en los cenotes, Tzukán tiró a Chaac de su lomo, el señor supremo le dio un latigazo, provocando que un rayo cayera sobre la serpiente, convirtiéndola en miles de gotas de agua que se esparcieron en toda la tierra. Los cenotes se llenaron de agua, en el fondo de una gruta se juntaron varias gotas que resucitaron a Tzukán y de nueva cuenta le salieron alas. Intentó huir rumbo al mar, ante su sorpresa apareció Chaac y otra vez le dio un latigazo y volvió a pasar lo mismo que antes. El reptil alado quedó en una especie de maldición de resucitar al fallecer, para que cumpla con su deber de ser la protectora de las grutas y cenotes de Yucatán.